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viernes, 6 de enero de 2012

ARTURO BORDA (por Jaime Sáenz, 1986)

El Illimani era su tema.


Este hombre extraordinario vivió y murió pintando el Illimani.


Arturo Borda nos enseña a mirar con hondura nuestra imagen, la imagen de nuestro mundo --su arte es ante todo un arte boliviano.


Creador nato, luchaba contra su propio genio, y a fin de no ser destruido por éste, acataba las normas y al mismo tiempo abominaba de ellas.


Lo cierto es que no tardó en fundar sus propias normas, y lo hizo con la substancia de su arte, habiendo creado ya su libertad interior con esta misma substancia.


Pues aquella particular libertad del artista es como una obra de arte; no viene del cielo --es algo que habrá que crear.


Arturo Borda lo sabía.


La asombrosa simetría entre el hombre y el medio, que efectivamente se ha dado en el caso de Arturo Borda, constituye un rotundo mentís a la famosa fábula del artista incomprendido.


Como es bien sabido, existen cientos seres que, no pudiendo hacer y mucho menos deshacer, asumen el papel de incomprendidos, y ven por conveniente resentirse con el medio.


Pues según se supone, han tenido la desgracia de nacer en Bolivia, y como son genios, no les queda otro remedio que arrostrar las consecuencias -- y ni qué decir tiene que, si hubieran nacido en otra parte, a estas horas serían universalmente célebres.


Aquí en La Paz, en la ciudad que le viera nacer, Arturo Borda vivía en el mejor de los mundos, aunque por cierto nadie le hacía caso, y muchos huían de él como de la peste
--pues decían que era un viejo borracho y un pobre loco, porque acostumbraba ponerse una cebolla a manera de flor en el ojal.


Y cuando a todo esto ya el artista había fallecido hacía rato, bastó que un día de esos apareciese en un periódico de Nueva York un artículo, firmado por algún crítico extranjero, elogiando el arte de Arturo Borda y considerando a éste un pintor extraordinario, para que aquí se produjera un gran revuelo, y para que chicos y grandes se pusieran en movimiento y reconocieran que Arturo borda era realmente un pinto extraordinario, dándose por enterados tan sólo entonces de la gran novedad, como si hasta la fecha nadie en absoluto hubiese sabido nada de nada, y como si hubiese sido necesario que precisamente un periódico extranjero nos hiciese saber que realmente Arturo Borda había sido un pintor extraordinario.


La verdad es que repentinamente se dictó una ordenanza, nominando una calle de La Paz con el nombre de Arturo Borda; de pronto se presentaron en distintos locales de la ciudad por lo menos tres exposiciones retrospectivas de sus cuadros; y a partir de día en que se supo la sensacional noticia (por un periódico de Nueva York) de que Arturo Borda era realmente un gran pintor, notables intelectuales y literatos empezaron a pontificar, desde sus altas tribunas; y en conferencias y discursos, se dignaron confirmar el genio del pintor boliviano arturo Borda, dando por sentado que ellos estaban siempre enterados de todo.


Y para cerrar con broche de oro el homenaje, muy pronto se recobraron del polvo del olvido unos manuscritos de Arturo Borda, los cuales alcanzaban a diez o doce cartapacios de gran volumen; y habiéndose realizado un examen del material, se publicó una obra intitulada "El Loco", en tres gruesos tomos, lo que por lo demás resultó un acierto, ya que dicha obra revelaba importantes aspectos de la compleja personalidad de Arturo Borda.


Y ahora todo era hablar de Arturo Borda; el célebre, el genial, el incomparable; el maestro y el hombre que enaltecía la patria; el artista auténtico, del cual los bolivianos deberían sentirse orgullosos --y de esta manera, en forma inopinada y por demás tardía, se hizo una gran bulla para honrar la memoria de Arturo Borda, como si no hubiésemos podido hacerlo a su debido tiempo, con dignidad y altura, y sin esperar a que precisamente un periódico extranjero nos diese la señal--.


Paradójicamente si se quiere, Arturo borda jamás se sintió incomprendido; y de hecho, se puede afirmar que no lo era.


Arturo Borda no destilaba veneno --nada tan alejado de él como el resentimiento y la envidia--.


El gran señor era tolerante y magnánimo, y según resulta natural , fue siempre objeto de envidia y resentimiento, y aun de odio --se sabe de un fulano, embadurnador y farsante, pedigüeño y con aires de artista, que cierta vez, en plena Escuela de Bellas Artes de La Paz, rasgó con una espátula un cuadro de Arturo Borda.


Y aquí no pasó nada.


Arturo Borda, como artista que era, estaba en posesión de la realidad verdadera; y por tanto, no esperaba que lo comprendieran ni como hombre ni como artista, pues ya sabía que, como hombre y como artista, el único llamado a comprender era él.  


De ahí que Arturo Borda, viviendo como vivía bajo el cielo que le vio nacer, no podía menos que sentirse en el mejor de los mundos.


Moraba en la casa de una hermana suya, bondadosa y noble dama, que le prodigaba sus mejores cuidados; la casa se situaba en el barrio de San Pedro, en un callejón sin salida, y Arturo borda vivía en un cuarto, atestado de pinturas y papeles.


Entre sus libros de cabecera, se contaba El Mundo como Voluntad y Representación, de Schopenhauer, y la Creación de la Pedagogía Nacional, de Tamayo


Guardaba en sus bolsillos un poderoso lente, de noventa milímetros de diámetro, amén del eterno cuaderno de dibujo, y el respectivo lápiz; y los ternos que usaba, no eran a la medida, sino que sencillamente los compraba en las tiendas de la calle Sagárnaga, por lo que a veces le quedaban muy ajustados, cuando no demasiado holgados, pero eso no le importaba.





En un bolsillo del saco, guardaba el cuaderno de dibujo, de su propia hechura, con tapas de madera y con ganchos de bronce; él en persona y con sus propias manos, lo fabricaba para su uso, manejando diestramente el serrucho, la navaja, el alicate y la tenaza.


El Toqui borda --que así lo llamaban familiarmente-- era apacible, cordial y afectuoso en su trato.


con cierta frecuencia, visitaba a sus amigos y departía amablemente con ellos, pero bastaba una copa entre pecho y espalda, para que experimentara una transformación impresionante.


Por ahí comenzaba a no reconocer a quienes lo rodeaban, y de pronto le daba por hablar en aymará, o con acento aymará.


Y en tales trances, era de ver el modo de beber asaz singular que se gastaba.


Pues habiendo llevado la copa a una de las comisuras de sus labios, y habiendo vaciado íntegramente su contenido, la colocaba en el filo mismo de la mesa, y allí la dejaba, en inquietante equilibrio.


Y había que ver cómo se escandalizaban ciertos personajes con las borracheras siempre espectaculares de Arturo borda, que, paseando su humanidad por las calles y plazas, y exhibiendo una cebolla en el ojal, imprecando y monologando a grito herido, y tambaleándose de pared a pared, jamás rodaba por los suelos.


Borracho hasta más no poder, de repente se le ocurría subir al tranvía (pues en la época de Arturo Borda aún existían los tranvías), y --cosa sorprendente-- jamás se caía, con la maña que se daba para mantenerse tranquilamente en equilibrio, y sin necesidad del pasamanos, por el simple expediente de pararse con las piernas cruzadas.


¿Por qué bebía Arturo Borda? Unos dicen que bebía por alcohólico, y otros, por incomprendido, y otros, por amargado.


Pero ya sabemos que no hay tal.


Arturo Borda bebía sencillamente porque le daba la gana.


¿acaso es tan difícil comprender una cosa tan simple?


Arturo Borda era dueño y señor absoluto de su propia libertad, en la medida en que esta libertad no era una gracia que descendía de lo alto, sino que tenía el carácter de una obra; y por idéntica razón, tuvo que crearla.


cosa ésta que, como es natural, le costó caro, habiendo comprometido en semejante propósito la totalidad de su hacer y de su vivir, como hombre y como artista.


Esto aparte, hay un aspecto, revelador, que se refiere a la actuación política de Arturo borda.


Concretamente, Arturo borda es un precursor del socialismo en Bolivia, habiendo fundado, allá por los años de la década del veinte, alguno sindicatos mineros.


De tal manera, que su nombre se halla indisolublemente ligado a la lucha por la reivindicación social.


En la Historia del Movimiento Obrero, de Guillermo Lora, se encuentran datos precisos a este respecto.


Arturo borda murió bajo el signo del frío, en la altura --y tuvo una muerte atroz--.


Una noche, en lo más crudo del invierno, vagando por los barrios altos, a los setenta años de edad y nada menos, y caminando por las calles en busca de una copa, perdidamente borracho, se acercó a una tienda y pidió pisco; sólo que en la tienda no había pisco.


La tienda en cuestión era mitad alcoholería y mitad hojalatería; y ante la insistencia del cliente, que por nada del mundo quería irse sin antes haber bebido una copa, le dijeron que sólo tenían ácido muriático, y que sólo eso podían ofrecerle, sin tanto insistía.


Arturo Borda declaró que lo único que él quería era una copa, y que no le importaba que le diesen ácido o lo que fuese, con tal que se lo diesen --y por enésima vez, pidió una copa, y siguió insistiendo--.


La tendera lanzó una maldición; y confiada en que no bebería, le lanzó una copa de ácido muriático.


Arturo Borda agarró la copa, y bebió sin asco.





















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